Las Historias del Dragon Blanco

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"Las Historias del Dragón Blanco" es una sección especial dentro de la Dinastía Draconia, diseñada para ofrecerte una colección de fábulas, cuentos e historias. Estas narrativas tienen como objetivo principal entretener y inspirar a quienes las disfrutan, al tiempo que transmiten enseñanzas mágicas y morales profundas.

Creadas y gestionadas por la Dinastía Draconia, "Las Historias del Dragón Blanco" presentan personajes únicos y mundos fascinantes que reflejan la rica tradición y sabiduría de esta sociedad mágica. Desde fábulas clásicas hasta relatos modernos, cada historia está impregnada de la esencia y la filosofía de la Dinastía Draconia.

Al sumergirte en estas historias, te sumergirás en un viaje de descubrimiento y aprendizaje, donde cada relato ofrece una nueva perspectiva sobre la vida, el amor, la amistad y el poder de la magia. Recuerda que todas las historias, cuentos y fábulas presentadas aquí son propiedad exclusiva de la Dinastía Draconia, que actúa como su creadora y dueña original.

Déjate llevar por la magia de "Las Historias del Dragón Blanco" y descubre la sabiduría oculta en cada palabra.

Bienvenidos a los Cuentos del Dragón Blanco, donde las historias, cuentos y fábulas cobran vida en las noches de nuestra dinastía, acompañando a nuestros hijos antes de dormir y sirviendo de inspiración para los adultos. Sumérgete en este universo mágico, donde las narrativas nocturnas te envuelven antes de descansar, llevándote a mundos de fantasía y enseñanzas ocultas. ¡Prepárate para dejarte llevar por la magia de los cuentos nocturnos que te acompañan en tu viaje hacia los sueños!


Las Historias del Dragon Blanco

La Transformación de Sofía: La Limpieza del Espíritu

En un remoto pueblo, se erguía una casa abandonada, envuelta en misterio y oscuridad. La leyenda decía que los duendes malignos la habitaban, encerrando a los incautos que osaban acercarse para hacerles toda suerte de maldades. abusos y violaciones. Entre los habitantes del pueblo, corría el rumor de que aquellos que habían sido atrapados por los duendes nunca volvían a ser los mismos.

Una joven llamada Sofía, conocida por su generoso corazón y su espíritu valiente, se enteró de las historias que rodeaban a la casa embrujada. Sin embargo, en lugar de sentir miedo, sintió una profunda determinación de poner fin al reinado de terror de los duendes.

Decidida a enfrentar a los duendes y liberar a las almas atrapadas, Sofía se dirigió hacia la casa embrujada. A pesar de los murmullos y advertencias de los lugareños, se adentró en la oscuridad de la morada abandonada.

Una vez dentro, los duendes, furiosos por su intrusión, la rodearon y la encerraron en una sala oscura. Durante horas, Sofía resistió las malas artes de los duendes, soportando sufrimientos y adversidades.

Sin embargo, en su interior, Sofía encontró la fuerza para enfrentarse a los duendes con determinación. Conocía la antigua conjuración de los cuatro elementos, una poderosa invocación que había aprendido de su abuela, quien a su vez la había recibido de sus ancestros.

Con gran valentía, Sofía comenzó a recitar las antiguas palabras de poder, invocando la fuerza de la tierra, el agua, el fuego y el aire. Los duendes, desconcertados por la repentina aparición de tanta energía elemental, retrocedieron ante la imponente presencia de la joven.

Finalmente, los duendes fueron derrotados y la casa embrujada quedó libre de su influencia maligna. Reconociendo el coraje y la valentía de Sofía, los lugareños le brindaron su admiración y respeto.

Impulsada por su triunfo sobre los duendes, Sofía decidió convertir la casa embrujada en su nuevo hogar. Con su habilidad para limpiar las malas energías y su valentía para enfrentar los desafíos, transformó la casa en un refugio de luz y esperanza para todos los que la necesitaban.

Sofía, conocida como "la gorda" en la escuela, había soportado años de burlas y humillaciones. Pero tras mudarse a su nueva casa, decidió tomar las riendas de su destino. Un día, mientras paseaba por el bosque cercano, se encontró con las mismas chicas que solían insultarla. Llenándose de valor, sacó su varita mágica y con destellos de fuego las enfrentó, incinerando sus palabras de odio en un estallido de luz, donde las incinero y luego hizo cenizas.

Sin embargo, tras este acto de venganza, Sofía comenzó a sentir una oscuridad creciente en su nuevo hogar. Pronto se dio cuenta de que estaba siendo manipulada por los residuos de esa negatividad. Fue entonces cuando buscó ayuda en la gitana Elena, una amiga de la escuela con habilidades en la magia y la limpieza espiritual.

Juntas, realizaron un poderoso ritual de purificación con huevos y baños de hierbas, liberando la casa de las energías negativas que la atormentaban. La conexión con Elena fortaleció a Sofía, quien, en lugar de sucumbir ante la oscuridad, decidió explorar su propia magia y crecimiento espiritual.

Con el tiempo, Sofía se convirtió en una maga respetada en la comunidad, utilizando su varita no solo para protegerse, sino también para ayudar a otros. Su historia, marcada por la superación personal y el poder de la magia, inspiró a muchos a enfrentar sus propios demonios y a encontrar la luz en medio de la oscuridad.


La Maestra de la Oscuridad: El Despertar de los Dragones

En una prestigiosa escuela de magia, la Maestra Agatha era admirada por su sabiduría y amabilidad durante el día, pero en las noches ocultaba su verdadera naturaleza malévola. En secreto, enviaba duendes y hadas oscuras para sembrar el caos entre los alumnos.

Una noche, la valiente joven Emily descubrió los oscuros planes de la Maestra Agatha. Invocando a sus dragones guardianes en el plano astral, se enfrentó a la maestra en un combate mágico. "¡Te detendré, Agatha, y revelaré tu verdadera naturaleza!", gritó Emily con determinación.

La Maestra Agatha, sorprendida por la audacia de la niña, lanzó hechizos oscuros para repelerla. "¡Eres solo una niña tonta, Emily! ¡No puedes detenerme!", exclamó con desprecio mientras conjuraba a sus aliados oscuros.

Pero Emily, imbuida con el poder de los dragones, resistió los ataques y contraatacó con ferocidad. Finalmente, logró desmayar a la maestra y la ató con sus trenzas de cabello, exigiendo a la directora de la escuela que leyera la mente de Agatha para encontrar pruebas de su malicia.

La directora, consternada por las revelaciones, accedió a la solicitud de Emily y descubrió la verdad detrás de las acciones de la Maestra Agatha. Sin embargo, antes de que pudieran tomar medidas, Agatha se liberó y se vengó tanto de Emily como de la directora.

En ese momento, los dragones de Emily, sintiendo la injusticia y el peligro, tomaron una decisión. "¡No permitiremos que el mal triunfe sobre la justicia!", rugieron en unísono, antes de lanzarse sobre la Maestra Agatha y poner fin a su reinado de terror.

Con la derrota de la Maestra Agatha, la escuela fue liberada de su influencia maligna. Emily, la valiente joven que enfrentó al mal, se convirtió en una heroína entre sus compañeros. Y los principios fundamentales de la magia draconiana y hermética, así como la importancia de la integridad y el coraje, quedaron grabados en la memoria de todos los que presenciaron aquel episodio.


Elena

En un pueblo tranquilo, donde los secretos y las tradiciones se entrelazaban con el tiempo, vivía una joven gitana llamada Elena. Ella había heredado el don de la quiromancia de su abuela, y lo utilizaba para ayudar a su comunidad con sus problemas y preocupaciones. Sin embargo, su habilidad despertaba la envidia de algunos, como Matilde, una joven gorda y maliciosa que la desafiaba en la escuela.

Un día, durante una tarde soleada, mientras Elena practicaba sus habilidades en la plaza del pueblo, Matilde se acercó con un grupo de amigos y se burló de sus predicciones. "¡Eres solo una charlatana sin talento!" gritó Matilde, mientras los otros la secundaban con risas burlonas.

Elena, sintiendo el peso de la humillación, se mantuvo firme. "Mis dones son reales", respondió con calma, "y no necesito probar nada a alguien que no cree en la magia".

En ese momento, una sombra cayó sobre ellos. Era Mysticor, el gato negro con un rayo blanco en su rostro, quien había estado paseando por el pueblo. Observó la situación con curiosidad, reconociendo la tensión en el aire.

"Mysticor, ¿qué haces aquí?", preguntó Elena, sorprendida por su presencia.

El gato se acercó con elegancia y habló con una voz suave pero firme. "He venido a ofrecerte mi ayuda, Elena. Veo que enfrentas un desafío, pero debes recordar que la magia reside en tu interior y en tus creencias".

Elena asintió, sintiendo un nuevo vigor en su corazón. Mysticor continuó: "La magia wicca enseña que todos somos parte del universo, y podemos manifestar nuestro poder a través de la conexión con la naturaleza y la energía que nos rodea".

Con estas palabras, Mysticor guió a Elena en una meditación para conectarse con su propia fuerza interior y con el flujo de energía del cosmos. Mientras tanto, Matilde y su grupo observaban con incredulidad, pero también con un atisbo de temor.

Cuando Elena abrió los ojos, sintió una renovada confianza en sí misma. "Gracias, Mysticor", dijo con gratitud.

Con una reverencia, el gato se despidió y desapareció entre las sombras. Elena se enfrentó a Matilde con una sonrisa tranquila. "Ahora, Matilde, veamos si aún piensas que soy una charlatana".

Con un gesto elegante, Elena extendió la mano hacia Matilde y leyó las líneas de su palma. Las palabras que salieron de sus labios dejaron a todos boquiabiertos, demostrando que su don era verdadero y poderoso.

Desde ese día, Matilde y sus amigos nunca más se atrevieron a burlarse de Elena. Y Mysticor, el misterioso gato negro, se convirtió en un aliado secreto para aquellos que buscaban la verdadera magia en sus vidas.


El Resurgimiento de la Luz

En un tranquilo pueblo rodeado de bosques oscuros, la sombra del mal se extendía con la llegada de un duende maligno llamado Grímulo. Este ser astuto y pérfido, seducía a los jóvenes con promesas de poder y venganza, enseñándoles artes oscuras y embrujo. Los habitantes del pueblo, desesperados por el caos y la discordia sembrada por Grímulo, buscaban una solución para liberarse de su influencia.

En una casa apartada en el borde del bosque, vivía un grupo de brujas lideradas por la sabia Elenora. Hartas del sufrimiento y la maldad que asolaba su hogar, decidieron tomar cartas en el asunto. Se sumergieron en el estudio de la magia verde y la metafísica elemental, dos artes ancestrales que habían sido olvidadas por muchos pero que contenían la esencia misma de la armonía y la luz.

Durante largas noches, bajo la luz de las velas y el susurro de los árboles, las brujas se entregaron al aprendizaje de los secretos de la naturaleza. Aprendieron a canalizar la energía de la tierra, el agua, el fuego y el aire, comprendiendo la importancia de mantener el equilibrio en todas las cosas. Elenora les enseñó los principios de la magia verde, donde la conexión con la naturaleza y el respeto por todas las formas de vida eran fundamentales.

Al mismo tiempo, profundizaron en los misterios de la metafísica elemental, explorando los reinos invisibles que coexisten con el nuestro. Aprendieron a invocar la luz interior, a purificar el alma y a protegerse contra las influencias negativas. Con cada día que pasaba, su dominio sobre las artes mágicas crecía, fortaleciendo su resolución de enfrentarse al mal que acechaba en las sombras.

Finalmente, el momento de la confrontación llegó. Armadas con su conocimiento y determinación, las brujas desafiaron a Grímulo y sus seguidores. En un enfrentamiento épico entre la luz y la oscuridad, las brujas demostraron el poder del amor, la compasión y la sabiduría sobre la malicia y el engaño.

Al final, el duende maligno fue derrotado y desterrado de las tierras del pueblo. Con su partida, la paz y la armonía volvieron a reinar, y las brujas se convirtieron en guardianas veneradas, recordando a todos la importancia de confiar en uno mismo y en el conocimiento heredado por los ancestros.


El Valor de la Sabiduría Ancestral

En un remoto pueblo de la Dinastía Draconia, rodeado por imponentes montañas y densos bosques, vivía una anciana bruja conocida por sus habilidades en la magia oscura y su sabiduría ancestral. La gente del pueblo la temía y evitaba su choza en lo más profundo del bosque.

Un día, una niña valiente llamada Aria, decidida a enfrentar sus miedos, se aventuró en el bosque y llegó a la choza de la bruja. Con pasos temblorosos, tocó la puerta y pidió ayuda para encontrar a su oveja perdida, que había desaparecido en el bosque.

La bruja, sorprendida por la valentía de la niña, le ofreció su ayuda. Con un conjuro antiguo, consultó su bola de cristal y le reveló a Aria que la oveja estaba en peligro, atrapada en una cueva en lo más profundo del bosque. Sin embargo, advirtió a la niña que el camino estaría lleno de peligros y que tendría que confiar en su propia sabiduría y el conocimiento heredado por sus ancestros para salvar a la oveja.

Aria, decidida a salvar a su amiga, siguió las instrucciones de la bruja y se adentró en el oscuro bosque. En su camino, enfrentó desafíos y peligros, pero recordó las enseñanzas de sus antepasados y confió en su intuición para superar cada obstáculo.

Finalmente, llegó a la cueva donde encontró a su oveja atrapada entre las rocas. Con cuidado y determinación, liberó a la oveja y la llevó de vuelta a salvo a su hogar. La gente del pueblo, sorprendida por el coraje de la niña, comenzó a ver a la bruja con otros ojos, reconociendo la sabiduría que había transmitido a través de generaciones.

La moraleja de esta fábula es que debemos confiar en nosotros mismos y en el conocimiento transmitido por nuestros antepasados para enfrentar los desafíos de la vida. A través de la valentía y la sabiduría, podemos superar cualquier adversidad y alcanzar el éxito.

CAROLINA El Diamante era un pueblo podrido de humedad y chismes. El aire olía a guarapo viejo, a brujería, a tierra revuelta por los muertos. Las calles parecían nunca secarse del todo, y los perros flacos dormían sobre charcos de lodo tibio. En las noches, decían que se escuchaban las risas de las brujas bajando desde el monte, o los cantos de los indios fantasmas que nunca se fueron. Pero en el día, el infierno tenía nombre de mujer: Carolina. Nadie la quería, pero todos hablaban de ella. “Perra hijueputa.” “Quita maridos, malparida.” “Bruja borracha.” Y Carolina pasaba, sin mirar a nadie, con el pelo despeinado y la falda corta que parecía una burla al decoro del pueblo. Caminaba con un cigarrillo pegado al labio, el humo tapándole media cara y un brillo en los ojos que daba miedo. Vivía sola, en una casita al borde del bosque, donde los árboles parecían inclinarse a escuchar lo que ella murmuraba por las noches. Le decían la gitana porque leía las cartas, vendía lociones para amarrar hombres y ungüentos que olían a flores y azufre. A veces amanecía con plata, otras con moretones. Pero nunca sin cigarrillos ni aguardiente. Ese lunes, el sol ni había querido salir bien. Eran las diez de la mañana cuando Carolina se levantó, medio tambaleando. Se echó un poco de colonia barata y se peinó con los dedos. Cogió una bolsa arrugada, revisó que tuviera billetes húmedos en el bolsillo del brasier, y salió pa’ la plaza. El aire olía a pan caliente y a chisme fresco. Y ahí estaban las monjas Adiela y Dora Nelly, paradas frente a la iglesia con un grupo de gente curiosa. Las dos vestidas de negro y blanco, pero con la lengua más sucia que los zapatos de un carnicero. Repartían rosarios y veneno con la misma mano. —Ay, esa Carolina, qué vergüenza ajena, la muy zunga —decía Adiela, torciendo la boca como si masticara culebras. —Una pobre perdida, se mete con todos los hombres casados —agregaba Dora Nelly, riéndose con esa voz chillona que hacía que los perros ladraran. —Le deberían echar agua bendita, a ver si se le sale el demonio del culo —remató una vieja de la plaza, y todos se echaron a reír. Carolina se detuvo, apretó los dientes. El cigarrillo se le dobló en los labios. —¿Kiubo, malparidas? —gritó con toda la garganta, su voz rajando el aire caliente. Las risas se cortaron. Un silencio denso, casi pegajoso, se extendió por la plaza. Las monjas se miraron, se persignaron apuradas, y salieron corriendo por un callejón como dos gallinas sin cabeza. La gente se dispersó, murmurando, escondiendo las caras, mientras Carolina escupía al piso y se destapaba una cerveza. —Gonorreas cobardes —masculló, dándole un trago largo, mirando el sol como si quisiera pelearle también. Siguió caminando por la calle empedrada, con la cerveza en una mano y el cigarrillo en la otra, hasta que— ¡PRAA! Una piedra voló y le estalló la botella en la mano. El vidrio le cortó el dedo, y la cerveza se mezcló con sangre sobre la acera caliente. Carolina giró como un perro rabioso. Allá, parada frente al atrio, estaba la monja Adiela, con el hábito arrugado y una mirada que más parecía de odio que de fe. Tenía otra piedra en la mano. Carolina soltó un alarido. —¡Vieja gonorrea! —y salió corriendo tras ella. Adiela corrió gritando “¡Jesús me ampare!” y se metió en la iglesia, cerrando la puerta de madera con un golpe seco. Carolina llegó jadeando, pateó la puerta, la golpeó con el hombro, y la madera vieja crujió hasta reventar. Del otro lado, el eco de los pasos de la monja retumbaba entre las bancas vacías. —¡Salí, maricona! —le gritó Carolina con voz de ron. —¡El Señor te reprenda, pecadora! —le respondió Adiela, temblando, pero con rabia. Carolina entró con la botella rota en la mano, el humo del cigarrillo colgando como un hilo de maldición. La iglesia olía a cera, a moho y a miedo. Y por un segundo, hasta los santos parecieron voltear la cara.

Carolina logró meterse a la iglesia con el corazón desbocado y la rabia hirviéndole en la sangre. Pero cuando cruzó la puerta, el lugar estaba vacío.

Ni monjas, ni rezos, ni el eco de los pasos de nadie. Solo el olor agrio del incienso viejo y las velas derretidas.

Las bancas parecían torcidas, los santos cubiertos de polvo, y el altar tenía manchas oscuras como si algo se hubiese quemado ahí hace tiempo.

Carolina miró a todos lados.

—¿Dónde putas se metieron? —susurró, pero su voz sonó como si hablara dentro de un pozo.

Esperó un rato. Nada.

Así que, entre maldiciones, se dio media vuelta y se fue.

El viento del mediodía olía a pólvora y a lluvia, y el campanario de la iglesia se movía solo, sin que nadie tocara las cuerdas.

Los días pasaron. Carolina siguió con su vida entre guaros, cartas y humo de tabaco. Pero esa noche en la iglesia se le había quedado atorada en la cabeza, como si algo se le hubiese pegado en el alma.

Hasta que un viernes al amanecer, salió al borde del bosque a recoger flores para sus pociones.

El rocío aún no se había secado, y el aire tenía ese sabor dulce del maíz tierno.

El río Tamu corría abajo, lento y sucio, entre piedras cubiertas de musgo.

Y fue ahí, desde lo alto del camino, donde Carolina los vio.

Tuvo que frotarse los ojos para creerlo.

Diez monjas.

Sí, diez —contándolas una por una— con los hábitos arremangados, chapoteando en el agua.

Y con ellas, treinta y seis trabajadores del cultivo de maíz, hombres bronceados, sudorosos, con el barro hasta las rodillas y las camisas abiertas.

Unos besándose, otros riendo, otros metidos en el agua hasta la cintura como si el río fuera un burdel bendito.

La monja Dora Nelly tenía a uno de los hombres agarrado del cuello, mordiéndole la oreja, mientras la Adiela se reía y se dejaba abrazar por otro con las manos llenas de tierra.

El agua salpicaba, los pájaros chillaban desde los árboles, y el aire olía a pecado y maíz fermentado.

Carolina se quedó ahí, escondida entre los matorrales, mirando la escena con los ojos bien abiertos.

Pero el suelo estaba húmedo y blando, y cuando dio un paso para ver mejor—

¡CRAA!

El camino se desmoronó y rodó colina abajo, dando vueltas, gritando, hasta caer directo al río.

El chapuzón fue tan fuerte que los besos se callaron.

Las monjas se voltearon todas a la vez.

El agua le llegaba a la cintura a Carolina, el vestido pegado al cuerpo, el cigarrillo apagado entre los dientes.

—¡Sapa hijueputa! —le gritó la Adiela, con los ojos como brasas—.

¿Muchas envidia o qué, perra? ¿Muchas ganas de hombre?

Las demás monjas estallaron en carcajadas, pero eran risas feas, de esas que huelen a azufre.

Antes de que Carolina pudiera responder, una piedra le zumbó al lado de la cara.

Otra le pegó en la pierna. Otra en el hombro.

—¡Malparida! ¡Quita maridos de mierda! —gritaban mientras le tiraban más piedras.

El río se llenó de salpicaduras y gritos.

Carolina sintió el ardor de los golpes, el agua embarrada, la rabia y el miedo mezclados.

Eran demasiadas.

Tuvo que correr, tropezando, saliendo del agua, metiéndose por el monte, mientras las monjas la seguían con los hábitos empapados, gritando como posesas.

—¡Tranquila, gran puta! —gritó una con voz chillona—.

¡Vamos a invocar al Padrecito Matías, y vas a comer mierda, perra!

Carolina corrió más rápido, con los pies llenos de barro, las piernas sangrando y el corazón a mil.

Las ramas le golpeaban la cara, los zancudos le zumbaban los oídos, y el bosque parecía cerrarse a su alrededor.

Aún sintió las últimas pedradas—quince en total—antes de perderlas de vista.

El sol ya se estaba muriendo entre los árboles cuando Carolina, jadeando, llegó al centro del bosque maldito.

Ahí el aire era distinto, pesado, como si respirara algo vivo.

Los troncos eran negros, las raíces parecían moverse, y los susurros venían de todos lados.

Subió a un árbol alto, buscando refugio.

La madera estaba húmeda y fría, pero era eso o dejarse encontrar por esas monjas locas.

Se acomodó entre las ramas, abrazada al tronco.

Y entonces el cielo se abrió.

Un trueno estalló tan cerca que el árbol tembló entero.

La tormenta empezó a caer con furia, el agua bajando como ríos por las hojas, el relámpago iluminando el bosque como si se encendiera por dentro.

Carolina, empapada, con el pelo pegado a la cara y el corazón desbocado, miró hacia abajo.

En la oscuridad del bosque, juraría que algo se movía.

Luces pequeñas, como ojos.

Y una voz, apenas un murmullo entre la lluvia, que la llamó por su nombre.

—Carolina...

La noche la tragó entera, y el bosque se cerró sobre ella.

La tormenta rugía sobre el bosque como si el cielo quisiera tragarse la tierra. El viento tumbaba ramas, el río Tamu bramaba con furia, y entre los relámpagos, Carolina dormía mal acomodada sobre la rama de un árbol viejo, empapada, temblando, con la ropa pegada al cuerpo y los ojos medio cerrados.

De pronto, escuchó una voz que la llamó por su nombre:

—¡Carolina!

La voz sonaba grave, arrastrada por la lluvia, pero cargada de rabia. Carolina abrió los ojos y vio, entre los rayos, una silueta con un hábito oscuro, parada en medio del barro. Era la monja Dora Nelly, con un palo en la mano, los ojos encendidos y el rostro torcido por el enojo.

—¿Así que te escondes, descarada? —le gritó Nelly, subiendo entre el lodo—. ¿Creías que no te iba a encontrar?

Carolina bajó un poco del árbol, empapada, sin saber si correr o quedarse.

—¿Qué querés, bruja de sotana? ¡Dejá de seguirme!

Nelly se acercó, temblando de ira.

—No te soporto desde el día en que llegaste a El Diamante —le dijo, casi escupiendo las palabras—. Siempre metiéndote donde no te llaman, robando la paz de los demás. ¡Eres la ruina del pueblo, Carolina!

Carolina apretó los dientes.

—¿Y quién sos vos para decirme eso? Si las vi, sí, a todas ustedes revolcándose con los jornaleros del maíz. ¿Dónde te quedó la santidad, monjita?

Nelly se quedó helada un momento, pero luego la empujó con el palo.

—¡Cállate! No sabes nada. ¡Eres una víbora! Siempre mirando, siempre envenenando lo que toca tu lengua.

—¿Y por qué te duele tanto lo que digo? —respondió Carolina, dándole un paso al frente—. ¿Será que te tengo miedo? Si tú misma sabés que el pueblo te obedece porque les hacés brujería disfrazada de rezos.

La monja la miró con un odio frío.

—Te voy a decir la verdad, Carolina. Nunca te he querido. Desde que naciste, tu madre me pidió que te cuidara, y le dije que no, porque en tus ojos ya se veía la maldad.

Carolina quedó muda un segundo, pero la furia le volvió al rostro.

—Pues entonces debiste acabar conmigo cuando pudiste. Porque ahora no soy la que llora, soy la que hace llorar.

La discusión crecía, los gritos se mezclaban con los truenos. Las palabras se volvieron rugidos, maldiciones, amenazas. Tanto ruido que hasta los indios del bosque, los guardianes del cabildo antiguo, escucharon.

Entre los árboles se veían sombras moviéndose, ojos que brillaban con reflejos rojizos. El silbido de las flechas se mezclaba con el trueno.

Un piedrazo pasó rozando a Dora Nelly, otro golpeó el tronco del árbol, y Carolina sintió el aire cortarle el rostro.

—¡Los indios! —gritó Nelly, retrocediendo—. ¡Nos vieron!

Intentó correr, pero tropezó en el barro. Carolina quiso seguirla, pero una piedra la golpeó en el pie. Cayó al suelo.

Vio figuras altas acercarse entre los relámpagos: hombres cubiertos de barro y plumas, con lanzas y tatuajes de ceniza.

Uno de ellos se acercó, la olió, y sonrió mostrando los dientes.

—Hijueputa—dijo, con una voz ronca que retumbó—. Esta no es del bosque.

Carolina trató de moverse, pero dos más la tomaron de los brazos. La arrastraron por el fango hasta el sendero que llevaba al cabildo de los indios, mientras el trueno iluminaba sus rostros como demonios de piedra.

El bosque entero pareció cerrar la boca. Solo se escuchaba la lluvia y el sonido de los pasos arrastrando a Carolina hacia la oscuridad.

La monja Dora Nelly corría entre los charcos, empapada, con el hábito hecho trizas y un palo todavía en la mano. La tormenta apenas le dejaba ver el camino, pero conocía cada piedra, cada raíz del bosque.

Cuando llegó al convento, las llamas de una hoguera iluminaban el patio central. Las monjas, mojadas y descalzas, bailaban alrededor del fuego con las manos alzadas, murmurando palabras antiguas que no venían del catecismo. El humo olía a romero, a cera y a algo podrido.

Nelly se detuvo jadeando en la entrada, el agua escurriendo por su cara. Las miró un segundo, luego soltó una carcajada:

—A Carolina la cogieron los indios —dijo entre risas—. Se la llevaron pa’ lo hondo del monte. Esa por aquí no vuelve.

Las monjas se miraron entre sí, y una de ellas, la madre Adiela, alzó la vista al cielo.

—Que los espíritus la juzguen —susurró, mientras el fuego crepitaba.

Otra rió con los dientes manchados de vino.

—Así acaban las víboras —dijo—, comidas por los marranos del bosque.

Un trueno rompió el aire, tan fuerte que las paredes del convento temblaron. El fuego se agitó con furia, levantando chispas que parecían ojos encendidos.

Mientras tanto, Carolina era arrastrada a través de la selva. Los indios caminaban descalzos, con la piel pintada de negro y rojo, cubiertos por collares de huesos y dientes. Llevaban antorchas que chispeaban bajo la lluvia, y a ella la jalaban del cabello como si fuera un animal.

—¡Suéltenme, malparidos! —gritaba Carolina, pero una india le dio un golpe en la espalda con una vara y la hizo caer.

Al llegar al cabildo, una choza circular rodeada de estatuas toscas y calaveras colgadas, la arrojaron sin cuidado al corral de los marranos. Cayó entre el lodo, el estiércol y los gruñidos de los cerdos.

Una india, de rostro arrugado y ojos amarillos, se acercó a la cerca.

—Aquí te quedas, vieja hijueputa —le gritó, escupiendo al suelo—. A ver si los cerdos te enseñan a ser gente.

Los demás indios se acercaron a mirar. Algunos reían, otros le tiraban pedazos de plátano, restos de fruta, hasta piedras pequeñas.

—¡Mire la bruja blanca! —dijo uno—. ¡Huele a licor y a pecado!

Carolina no respondió. Se quedó sentada entre los animales, el cabello cubierto de barro, los ojos fijos en nada. La lluvia caía todavía, y el vapor del corral le daba un olor nauseabundo.

Los indios, cansados de su espectáculo, se fueron a beber licor de yuca alrededor de una fogata. Desde la cochera, Carolina escuchaba sus carcajadas mezcladas con tambores y cantos antiguos.

Esa noche no durmió. Un marrano le mordió el tobillo y otro le olfateó el rostro. Carolina los miró con rabia, pero no dijo nada. En su mente, solo pensaba en las monjas, en Adiela, en Nelly, en todas las que se habían burlado de ella.

“Van a pagar”, murmuró entre dientes, con una sonrisa torcida. “Todas.”

Al amanecer, en el Diamante, las monjas se reunieron en la plaza. El cielo aún estaba gris, pero ellas ya tenían su historia lista.

—Carolina se fue con don Ignacio, el carnicero —dijo Adiela en voz alta—. Lo vimos. Se escaparon anoche por el camino del río.

Las viejas del pueblo se llevaron las manos al pecho.

—¿Y embarazada? —preguntó una.

—Sí —respondió Nelly, sonriendo apenas—. Llevaba meses con la panza escondida.

Los rumores corrieron más rápido que el agua del Tamu. En las tiendas, en los cafetines, todos hablaban de la “fuga de la gitana”.

Nadie imaginaba que Carolina, lejos de estar en brazos del carnicero, dormía sobre el estiércol de los cerdos en el fondo del bosque maldito, jurando venganza.

Pasaron los días.

Las monjas, a falta de un sacerdote, convirtieron el convento en su propio reino. Ya no rezaban, sino que mandaban. Adiela, la más vieja y despiadada, se volvió la líder de aquella secta disfrazada de santas.

El pueblo, confundido, seguía obedeciendo, mientras las campanas sonaban no para llamar a misa, sino para anunciar castigos y reuniones extrañas en las que se hablaba con “espíritus del monte”.

Una tarde llegó una carta del obispado: un nuevo sacerdote venía en camino.

El anuncio cayó como plomo entre las monjas. Sabían que si ese hombre llegaba, se les acababa el mando, el poder, y los secretos que escondían dentro del convento.

—No lo vamos a permitir —dijo Adiela con voz ronca, mirando a Nelly y a las otras—. Que el demonio se lo lleve antes de que pise esta tierra.

El día llegó.

Desde el amanecer se oían tambores, flautas y voces: el pueblo entero se amontonaba en la entrada. El sacerdote, joven y delgado, venía montado en un caballo blanco, sonriendo, bendiciendo a los niños que corrían a su lado.

Pero apenas cruzó el puente del río, tres monjas salieron del convento, cubiertas con mantos negros, y se lanzaron entre la multitud.

—¡Ahora! —gritó Adiela desde el atrio.

De pronto, una lluvia de piedras cayó sobre el sacerdote. La primera le dio en el hombro, la segunda en la frente.

—¡Perro! ¡Falso profeta! —le gritaban las monjas, mientras el pueblo, confundido, miraba sin entender.

El sacerdote cayó del caballo, sangrando. Entonces la gente reaccionó: los hombres del pueblo se abalanzaron sobre las monjas.

—¡Brujas malditas! —vociferaba uno mientras agarraba una piedra.

—¡A estas hay que quemarlas! —decía una vieja que aprovechaba para golpear a la monja que le caía mal.

La plaza se volvió un infierno.

Había gritos, empujones, sangre. Unos defendían a las monjas, otros las querían linchar.

Nelly, con los ojos desorbitados, sacó un cuchillo empezó a repartir puñaladas a diestra y siniestra, como poseída.

—¡Atrás, demonios! —gritaba, dándole a quien se le cruzara.

El sacerdote, tambaleante, intentó huir, pero dos monjas lo empujaron con furia, y el hombre cayó al río Tamu, que lo arrastró sin piedad entre la corriente lodosa.

Al verlo desaparecer, las monjas se llenaron de pánico y corrieron al convento, cerrando las puertas de golpe.

El pueblo, furioso, se reunió frente a la iglesia.

Les lanzaban piedras, les gritaban maldiciones. Adiela apareció en el balcón, empapada por la lluvia, el hábito roto, el cabello pegado al rostro, y gritó con una risa demencial:

—¡Campesinos hijueputas! ¡Jajajajaja!

Un trueno partió el cielo en dos.

El viento levantó los mantos, las campanas repicaron solas, y comenzó a llover con furia.

La gente, asustada por el aguacero y el estruendo, empezó a dispersarse, dejando el convento en medio del diluvio, con las monjas adentro, riendo como espectros.

Llovió hasta el anochecer.

El cielo no descansó ni un minuto, como si quisiera lavar con furia todo lo que había pasado en el pueblo.

Al amanecer, cuando por fin escampó, el olor a tierra mojada se mezclaba con el humo.

Las monjas, apenas clareó, salieron con latas de gasolina.

Caminaban en silencio, los hábitos aún húmedos, con la mirada fija y vacía.

Llegaron hasta la casa de Carolina, la empaparon con gasolina y le prendieron fuego.

Las llamas subieron de inmediato, rugiendo.

—Que arda —dijo Adiela con los dientes apretados—, esa era la casa de una puta.

El fuego lamía los techos de paja y el humo se levantaba sobre la aldea.

Los vecinos salieron corriendo, armados con palos, machetes y piedras.

—¡No contentas con el alboroto de ayer! —gritó un hombre—. ¡Con el montón de heridos que dejaron, monjas hijueputas! ¡Ayer una de esas maricas voliándole cuchillo a la gente, y hoy amanecen quemando casas!

La plaza volvió a llenarse de gritos.

Entre el humo y los insultos, una monja de hábito raído, Érica, se lanzó contra doña Pietra, que había sido la primera en increparlas.

Se agarraron del pelo, se aruñaron la cara y empezaron a revolcarse en el suelo.

—¡Bruja malparida! —gritaba Pietra.

—¡Callate, cachona! —le respondió Érica—. ¡Si todo el pueblo sabe que Adolfo, tu marido, te puso los cachos con el panadero Rodrigo!

La gente se quedó helada, y después estalló en carcajadas.

Las dos mujeres seguían mechoneándose, la falda de Pietra rota, la toca de Érica colgando de una oreja.

La pelea terminó cuando una vieja les echó agua encima y las separó a escobazos.

Mientras tanto, en el monte, Carolina vivía su propio infierno.

El sol apenas despuntaba cuando una india se acercó al corral donde la tenían encerrada, entre cerdos y cabras.

—¡Quiubo, gran perra, hacele! —le gritó, y le jaló el cabello con fuerza, arrastrándola por el barro.

Carolina cayó de bruces, empapada en tierra.

Otra india, más joven, se acercó y le soltó una cachetada que le hizo sangrar el labio.

—Te vas pa’ la cocina, puta —le dijo.

La empujaron hasta una choza llena de humo y ollas ennegrecidas.

Allí la obligaron a cocinar, a pelar yuca, a prender fuego con leña húmeda.

Cuando terminó, exhausta, la mandaron al río a lavar ropa junto con otras mujeres.

Los mosquitos le picaban las piernas, y cada vez que se detenía a respirar, una india le lanzaba una piedra al agua cerca de los pies.

Al mediodía, sin darle palabra, una la empujó de nuevo hacia el corral.

Le dieron una patada en la espalda y cayó entre los marranos.

—Comé eso, gringa del demonio —le dijo una, tirándole un racimo de plátanos verdes.

Carolina comió lo que pudo, con lágrimas y barro en la cara.

Ya no hablaba.

Solo respiraba despacio, mirando al monte, como si esperara que algo —o alguien— la sacara de allí.

Pero al rato, un indio alto, cubierto de tatuajes y con una lanza en la mano, vino por ella.

—Al monte —dijo en voz seca.

La jaló del brazo y la llevó por los caminos húmedos, donde el aire olía a hojas podridas.

La pusieron a cargar leña, desde el amanecer hasta que cayó la noche.

El sudor le corría por la espalda y las manos se le abrían en ampollas.

Cuando el sol se escondió, el monte quedó en silencio, y solo se oía el crujido de los troncos y la respiración rota de Carolina, que ya ni lloraba.

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